Luego, una vez se hubo ido Estella y habiendo quedado solos los dos, se volvió a mí y me dijo en un susurro:
- ¿No es bella, graciosa, apuesta? ¿No la quieres?
- ¿Quién, viéndola, no la ha de querer, señorita Havisham?
Rodeó mi cuello con su brazo y me hizo bajar la cabeza hasta ponerla junto a la suya.
- ¡Quiérela, quiérela, quiérela! ¿Cómo te trata? –Antes de que pudiera responder, suponiendo que hubiera podido hallar respuesta a una pregunta tan difícil, repitió-: ¡Quiérela, quiérela, quiérela! Si te favorece, quiérela. Si te hiere, quiérela. Si te desgarra el corazón, y a medida que crezca y a medida que crezca y se haga fuerte, te lo desgarrará más…¡quiérela, quiérela, quiérela!
Nunca había visto un ahínco tan apasionado como aquel con que pronunció estas palabras. Pude notar cómo los músculos del flaco brazo que rodeaba mi cuello se hinchaban de la vehemencia que la poseía.
- ¡Óyeme, Pip! La adopté para que fuese amada. La crié y la eduqué para que fuese amada. La convertí en la que es para que fuese amada. ¡Quiérela!
Repitió la palabra lo suficiente para que no hubiera duda acerca de su sentido; pero si la palabra tan repetida tuviera significado, en vez de amor, odio, desesperación, venganza o muerte horrible, no habrían podido sonar más, en sus labios, como una maldición.
- Te voy a decir –prosiguió, con el mismo susurro vehemente y precipitado- lo que es verdadero amor. Es ciega devoción, abnegación absoluta, sumisión incondicional, confianza y fe contra ti mismo y contra todo el mundo, abandono de tu corazón y tu alma enteros al que los destroza… ¡como hice yo!
Al llegar aquí, profirió un grito salvaje, y yo la cogí por la cintura. Porque se levantó en su silla, envuelta en el sudario de su vestido, y se puso a golpear el aire como si de pronto fuese a golpearse a sí misma contra la pared y caer muerta.
Grandes Esperanzas. Charles Dickens.