Un año más el circo llegaba a la aldea. El viejo elefante, las dos cabras raquíticas y el león castrado, volvían a ser la atracción de grandes y menudos. La carpa roja desgastada se alzaba digna en el descampado cerca de la estación de tren abandonada.
Aynur se acercó curiosa a las casetas nómadas de los trabajadores del circo y reparó en un pequeño tenderete. Se preguntó si el chico de piel morena que lo ocupaba formaría parte del espectáculo o si por el contrario, sería un nuevo comerciante en la aldea.
- ¿Qué me ofreces muchacho? -inquirió con desparpajo.
- Sueños -respondió con una sonrisa mientras le escrutaba la mirada- Me llamo Horus, soy prestidigitador de palabras.
- Aynur -y se dejó caer sobre la vieja silla ante el tablón que ejercía de mostrador.
Así empezó la primera conversación de las mil que vendrían después.
Cada atardecer al acabar el último espectáculo circense y después de que desapareciera el gentío, Aynur se desplazaba hasta el tenderete y se sentaba a la vera del muchacho para escuchar sus malabares. Eran palabras en forma de sueños y esperanza que desperezaban ilusiones. Casi inevitablemente, ella pasó a ver el mundo a través de los ojos de él seducida por las pinceladas sonoras que dibujaban las imágenes con las que siempre había soñado. Se le aceleraba el corazón cuando llegaba la hora de verle y sus días empezaron a girar alrededor de esos momentos compartidos. Recibía la noche sintiendo la vida que quería vivir llenándole el alma, con el sabor de los sueños hechos realidad.
Una tarde entre horrores descubrió que el muchacho ya no estaba, alzó la vista asustada y vio que la carpa había desaparecido. Se le ahogó el corazón, se le embutieron las palabras y le temblaron las piernas. Con la vista nublada y la respiración quieta, subió como pudo las quince escaleras que la llevaban a su piso. Cerró la puerta tras ella y allí mismo, dejó resbalar su cuerpo hacia el suelo sintiendo que todo se había roto en su interior.
Hasta la mañana siguiente no se movió, y cuando por fin se alzó, comprobó que no podía caminar sin arrastrar el alma y los pies. Sintió que le habían roto el corazón y se preguntó quién y cómo, porque no era los ojos almendra de Horus lo que añoraba cada anochecer.